Cada cierto tiempo nos sorprende con reportes de las muertes de mujeres por sus parejas, exparejas o novios. Estas esporádicas situaciones nos las presentan y matizan, cuales espectáculos dantescos, ciertos sectores claramente identificados que hacen su agosto con esto, a través de la prensa.
La población, simple espectadora cautiva de ese mal que la corroe, en la interioridad e individualidad del impacto de estas informaciones, tiene diferentes reacciones. Pocos, muy pocos nos dedicamos a pensar, mucho menos a buscar las causas de esa problemática.
Es notoria la predictibilidad social, con el toque de las fibras más sensibles de las emociones, a aceptar la fórmula servida; los hombres son unos asesinos. Cuando un individuo mata a su mujer no fue ese quien ejecutó la acción, se culpa al género masculino como misógino, machista y agresivo. ¡Hay que reeducarlos!
Suena bonito. ¿Quiénes, bajo qué premisas formaran esa nueva masculinidad de la que hablan? ¿Este no será un proyecto de los “avivatos” de siempre, para crear su fuente de ingresos de la miseria? Salta a la vista la expresa y perversa intención de hacer negocios con esa situación.
Buscando diferentes definiciones de la palabra femenicidio no pudimos toparme con ninguna que se ajustara a los casos aquí reportados. Es decir, no existen datos, al menos que estén escondidos, de que se hayan matado féminas por el simple hecho de ser mujer.
Las constantes son: ataques de celos, el sentido de propiedad característicos del ser dominicano, la actitud asumida por las mujeres modernas de empoderamiento y reto, fruto del mensaje y el apoyo de las autoridades.
Todo esto ha exacerbado los conflictos a lo interno de la familia y sobre todo en la relación de parejas. Estas se han vuelto de perros y gatos desconocidos.
Reportes de las muertes de mujeres
Desde los sectores de poder se han impuesto normas de convivencias, actitudes, retóricas y justicia garantista hacia la mujer. Con intención o sin ella, mientras de palabras se plantea una igualdad con los hombres, en los hechos, a estos últimos, se les criminaliza.
El apoyo con la justicia, de un ministerio, la obligación de un apartado en todas las instituciones a la cuestión de género, los programas televisivos y radiales exclusivos para mujeres, lejos de amainar la violencia que las afectas, la detona de forma intermitente.
¿Qué está pasando? ¿El hombre dominicano se ha vuelto loco? ¿Quién lo educa de esa forma que sólo encuentra en el asesinato la salida a una relación de pareja? ¿Estamos criando a la mujer y al hombre en el mismo ambiente? ¿Si esto es así, por qué a tantas mujeres, comparadas con hombres, les quitan la vida? ¿Habrá otros problemas de los cuales no nos cuentan que acarrean estos desenlaces? ¿Por qué se matiza con tanto énfasis las muertes y se evita el mismo trato con las causas que las generan?
El relato que se maneja señala al hombre como agresor en cualquier conflicto, roce o acusación de la mujer. La sociedad y la justicia manejan esa narrativa. Los medios de comunicación que han hecho un espectáculo de esto exigen que al mínimo señalamiento de abuso se actúe con la búsqueda y el apresamiento de supuesto o posible agresor.
Muy poco margen se da a la instrumentalización de la justicia por parte de una mujer despechada, a falsas acusaciones o retaliación de estas. Nada, hay que actuar. Por esperar, muchas han sido asesinada. La situación se plantea de manera simple: sin averiguar se mandan esos desgraciados a varios meses de coerción, los cuales se pueden extender.
En la viña del señor hay de todo. Ignorar la inoculada y dañina violencia en la interrelación y a lo interno de la familia, sería dar la espalda y negar el marco en que se desarrolla nuestra cotidianidad. Basta observar cómo se da el roce, en el transporte público entre los entes allí actuantes.
Las discusiones, manoteos y hasta pleitos, están a la hora del día. Los enfrentamientos se dan entre mujeres, entre estas y los hombres. De forma ligera cualquiera, desde la tranquilidad de su casa, se atreve a señalar a los hombres como provocadores de estos conflictos.
Aquí también se maneja la actitud, por parte de la mujer, de victimizarse, para agredir, callar y justificarse. Cada vez se hacen más constantes los casos en que acuden al resentimiento sembrado por otros para vengar una acción de la que escucharon.
Como sociedad, al unísono de considerar a la mujer el sexo débil, por todos los medios le venden como iguales en derechos, al menos de palabras, con el hombre. Estas son dos premisas cuestionables.
Desde el punto de vista físico y, como conciben la vida, muestran lo diferentes que somos. Aunque la mujer se ha incorporado de una manera activa al trabajo productivo, su posibilidad de llevar hijos en sus vientres, de la maternidad y ese sentido de protección y apego a las proles, las hace únicas y superiores.
Ese afán por igualarnos tiene dos orígenes: uno es el de la explotación económica, con su incorporación al proceso productivo y el otro tiene un sentido neomaltusiano, desincentivando su proclividad a la maternidad.
En torno a la defensa de la mujer y, contra la familia, se ha creado una industria de la compasión, la cual sostiene muchos empleos, salarios lujosos e instituciones. La explotación de las limitaciones inherentes a la mujer ama de casa, dedicada a sus hijos y marido, de forma maliciosa, son señaladas como esclavas.
Este discurso ha calado en la sociedad por la inclinación que tenemos en solidarizarnos con el que sufre; la imposición que nos llega del exterior; tener una sociedad más demandante donde el sueldo del hombre no alcanza para cubrir todas las necesidades de la familia y la mujer en particular.
A la vez que la mujer ha conseguido hacerse productiva esto ha traído consigo conflictos serios en la distribución de los recursos económicos que entran en la familia. Cuando la mujer gana más que el marido, casi siempre los conflictos se tornan explosivos.
El feminismo es un estilo de vida. Las que están en la cima, con lujosas entradas, tienen como función marcar pautas. Aunque tienen como objetivos la defensa de los derechos de la mujer, en realidad lo visible es segregar a los hombres, explotar en su favor las miserias humanas de las dislocadas familias dominicanas, radicalizar el sentimiento anti-hombres, sobre todo en las jóvenes y, expandir su forma de pensar.
Más abajo de la cúpula feminista encontramos otro grupo de mujeres las cuales hacen las veces de voceras. Por lo general ellas se muestran combativas, polémicas y defensoras, a más no poder, de su ideología. Muestran signos de frustraciones con hombres.
Cuando se enfrascan en un debate o discusión con hombres, son arrogantes. Descalifican más al hombre por el simple hecho de ser tal, aunque, en su actitud, hacen visible la imitación de estos, en sus peores versiones. Hay otro grupo más grande que se identifica con el movimiento por el simple hecho de que las mujeres deben apoyarse unas con otras.
Hemos de entender que como nación requerimos de la participación de hombres y mujeres trabajando juntos para lograr una sociedad cada vez más justa. Un flaco servicio en lo concerniente a esta es buscar la forma de dividirnos. Instrumentalizar la justicia para dañar, descargar resentimientos propios, asumidos o acondicionar la lucrativa industria de la compasión, aunque beneficia a ciertos grupitos, daña la sana y necesaria interacción entre los individuos de ambos sexos de esta nación.
Echemos a un lado las afectaciones que van dejando las prácticas feministas. Si se resaltan las trágicas, horrendas y terribles muertes de mujeres por hombres que sea para informar y no para dañar.
A niveles de las familias, de las comunidades, de la sociedad en su conjunto y de los propios asesinos se crea y vive una sensación de incomprensión, vacío, sentimiento de culpa y dolor, difícil de digerir. ¡La generalidad sufrimos…pocos nos detenemos a analizar y ahondar en las causas que generan estas tragedias! Más que esto, es abocarnos a planteamiento de soluciones, creíbles, consensuadas, no atropellantes y que se sostengan en el tiempo.
Quiérase o no, las muertes de mujeres tienen su base en la violencia que se vive a lo interno de la familia. La indefinición de roles, el irrespeto entre la pareja y con los hijos, el cultivo del egoísmo como práctica de vida a lo interno de esta, siembra las bases de individuos irrespetuosos, posesivos e intolerantes, incapaces de mantener la calma ante las diferentes tormentas que les presentará la vida.
Está en la participación de todos revertir el dolor que nos causa cada vez que nos estrujan y recalcan el asesinato de una joven mujer llena de vida. Es indignante esta situación. Debemos ponerle coto ya que los hacedores de leyes son incapaces de ver lo poco efectivo de la ley que castiga este delito.
Corresponde a los mejores hijos de la patria proponer soluciones. Aquellos que plantean endurecer las penas sin analizar las causas, deben entender que a un individuo lleno de ira se le obnubila la mente y actúa de forma inconsciente.
Por Gerson de la Rosa


