Quizás estuve anonadado cuando vi el video y me detuve en el audio. Quien me llamó a escucharlo fue “mi Burura” que es la cuarta de las Indhira. Ella lo vio, lo escuchó y siguió adelante sin mayores sobresaltos. Yo, en cambio, me quedé pensando desde el primer instante.
En la escena aparecían apenas dos personajes: una madre y su hijo de unos siete años. Nada extraordinario. Una conversación cotidiana de esas que suelen perderse en la velocidad de nuestros días.
La madre, con evidente intención formativa, le preguntó:
—Hijo, si pudieras escoger entre mucho dinero y un cerebro para pensar, ¿qué elegirías?
Sin vacilar, el niño respondió:
—Mami, yo escogería el dinero.
La respuesta sorprendió a la madre. Como cualquier madre preocupada por la formación de su hijo, reaccionó de inmediato:
—Yo preferiría que tú tuvieras un cerebro para pensar.
Entonces llegó la contestación que convirtió una conversación ordinaria en una reflexión extraordinaria:
—Tú tienes razón, mami, pero recuerda que cada quien pide lo que no tiene.
Confieso que esa respuesta me persiguió durante horas.
Porque detrás de la inocencia infantil emerge una verdad que atraviesa generaciones, instituciones y sociedades enteras. Muchas veces aspiramos precisamente a aquello de lo que carecemos. El pobre sueña con riqueza. El enfermo con salud. El ignorante con conocimiento. El poderoso con reconocimiento. Y, en ocasiones, quien posee recursos materiales descubre demasiado tarde que le faltan las herramientas intelectuales y espirituales para darles sentido.
Me detuve en el audio
La universidad existe precisamente para recordar que hay bienes superiores al dinero. No porque el dinero sea despreciable. No lo es. Resulta necesario para vivir con dignidad, sostener familias, emprender proyectos y construir bienestar. Pero el dinero, por sí solo, no genera sabiduría; no produce pensamiento crítico; no crea conciencia social; no desarrolla sensibilidad humana.
La misión universitaria consiste en formar cerebros capaces de pensar y corazones capaces de servir.
Cuando una universidad olvida esa responsabilidad y convierte el conocimiento en mercancía, pierde su esencia. Y cuando una sociedad comienza a valorar más la acumulación que la inteligencia, más la apariencia que el mérito, más el beneficio inmediato que la formación integral, empieza a hipotecar su futuro.
Quizás por eso la respuesta del niño resulta tan oportuna. No porque tenga razón en elegir el dinero, sino porque nos obliga a preguntarnos qué es aquello que realmente nos falta.
Tal vez algunos necesiten recursos económicos. Otros necesiten conocimientos. Otros necesiten sensibilidad. Otros necesiten principios. Y muchos necesitemos un poco de todo.
Lo verdaderamente importante es no dejar de reconocer nuestras carencias para seguir creciendo como personas y como sociedad.
Después de todo, la riqueza más valiosa no es la que se guarda en una cuenta bancaria, sino la que se cultiva en la mente y se refleja en la conducta.
Porque el dinero puede comprar muchas cosas, pero jamás podrá sustituir la capacidad de pensar.
Y porque, al final, la universidad es precisamente el lugar donde aprendemos que el mayor patrimonio de un ser humano sigue siendo su inteligencia puesta al servicio del bien común.
Cada quien pide lo que no tiene; la universidad existe para enseñarnos a valorar lo que realmente necesitamos.
Por Pablo Valdez


