El ego es una de las fuerzas más potentes y complejas que habitan en el ser humano. Es esa parte de nosotros que nos define, nos impulsa y nos ayuda a construir nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo.
Sin embargo, a través de mi experiencia y observación, he llegado a una conclusión fundamental: cuando esta fuerza se desborda y nos impide ver el cambio inevitable de las etapas, se convierte en uno de los mayores obstáculos para el crecimiento personal y el progreso colectivo.
El problema no radica en tener ego, sino en no comprender cuándo nuestra época ha cumplido su ciclo, y entender por qué saber pasar la antorcha a quienes vienen detrás es el acto más noble, necesario y sabio que podemos realizar.
¿Qué es realmente el ego?
Desde mi perspectiva, el ego es la imagen que construimos de nosotros mismos: nuestros logros, nuestro estatus, lo que hemos conseguido y la importancia que creemos tener frente a la sociedad.
En dosis equilibradas, es necesario; nos da confianza, seguridad y empuje para avanzar. No obstante, el ego tiene una característica engañosa: no sabe envejecer.
Su naturaleza intrínseca es aferrarse, mantener el control y permanecer siempre en el centro de la escena.
No entiende de ciclos, ni de transformaciones, ni de renovación. Para el ego, la única realidad válida es la que él mismo ha construido, y su mayor temor es dejar de ser el protagonista de la historia.
Es aquí donde comienza el verdadero riesgo. Cuando una persona, un líder o cualquier individuo permite que su ego anule su capacidad de observación y entendimiento, cae en la trampa de creer que su tiempo es eterno, que sus formas son las únicas correctas y que su presencia es indispensable.
Fuerzas más potentes y complejas
Olvida así una ley irrefutable: todo en la vida tiene un principio, un desarrollo y un final. Nada permanece igual, y nadie es imprescindible para siempre.
El peligro de no aceptar que tu etapa ha pasado
Existe una diferencia fundamental —y es algo que todos debemos aprender— entre seguir siendo útil y querer seguir siendo el protagonista. El ego suele confundir ambos conceptos.
Cuando alguien se niega a reconocer que su etapa ha concluido, o que el contexto, las necesidades y las formas de hacer las cosas han evolucionado, deja de ser parte de la solución y se convierte en un obstáculo para el avance.
El mayor error no está en haber tenido éxito, sino en intentar aplicar las fórmulas que funcionaron en el pasado a un presente que ya es totalmente distinto. Quien no acepta el paso del tiempo empieza a resistirse al cambio, a desconfiar de las nuevas generaciones y a bloquear el progreso colectivo por miedo a ser desplazado. Lo que antes fue una fortaleza se vuelve rigidez; lo que fue experiencia se transforma en obstinación.
Este apego daña tanto al individuo como a su entorno. He visto cómo quien no sabe retirarse con dignidad termina desgastando su propio legado, luchando batallas que ya no le corresponden y, lo que es más grave, frenando el crecimiento de quienes vienen detrás.
La historia, la economía, la cultura y las instituciones avanzan en ciclos; lo que hoy es vigente, mañana será historia, y negar esta realidad es una forma de ceguera que estanca el desarrollo de todos.
Fuerzas más potentes y complejas
Por qué es vital pasar la antorcha?
Entender que los tiempos cambian no significa rendirse ni dejar de aportar valor; significa, simplemente, cambiar de rol. Aquí es donde cobra todo su sentido la expresión de «pasar la antorcha».
No es solo una metáfora, es una ley natural y social. El fuego del conocimiento, la experiencia y la construcción colectiva no debe apagarse, pero tampoco puede ser cargado eternamente por las mismas manos.
Para mí, pasar la antorcha es uno de los actos más grandes de sabiduría que existen.
Es la capacidad de decir con humildad: “Yo construí lo que supe construir, aprendí lo que tenía que aprender, y ahora es momento de que tú, con tus ojos nuevos, tu energía fresca y tus herramientas distintas, lleves este trabajo mucho más lejos de lo que yo pude imaginar”.
Cuando logramos vencer el ego y aceptamos transmitir lo aprendido, estamos garantizando el valor de lo hecho.
Fuerzas más potentes y complejas
Primero, preservamos nuestro legado, porque lo que hicimos y lo que aprendimos no muere con nosotros, sino que se convierte en la base sólida sobre la cual se levantará el futuro.
Además, permitimos que siga la evolución, ya que las nuevas generaciones traen soluciones para desafíos que nosotros ni siquiera podíamos prever; si les cerramos el paso, condenamos todo lo construido al estancamiento.
Y, sobre todo, encontramos nuestra verdadera relevancia, porque dejamos de ser protagonistas para convertirnos en cimientos, y sé muy bien que ninguna gran obra se sostiene sin bases firmes.
Al final, el valor de una persona no se mide por cuánto tiempo permanece en la cima, sino por cuánto ayudó a que otros pudieran llegar hasta allí.
En definitiva, el ego siempre nos susurrará al oído que debemos quedarnos siempre en primer plano, que ceder el paso es signo de debilidad o fracaso.
Pero la experiencia me ha enseñado lo contrario: la verdadera grandeza está en saber cuándo termina nuestra parte en la historia y dar paso a la siguiente etapa.
No permitamos que el miedo a dejar de ser el centro de atención borre el valor de todo lo que hemos construido.
Nuestra época tuvo su luz y su importancia. Pero hoy, la mayor grandeza que podemos tener es asegurarnos de que esa luz siga brillando, aunque ya no esté en nuestras manos.
Pasar la antorcha no es el final de nuestra historia; es la forma más hermosa de seguir viviendo en todo lo que los demás construirán.
Por Henry Santiago
Secretario General de UNPASO Administrativo


