“Y tanto el diablo acicalo a su hijo que le saco los ojos”. Difícilmente haya otra expresión tan adaptada a la situación de las familias y la sociedad con la crianza, formación y educación de los vástagos. Nos quejamos por la calidad de los frutos, pero olvidamos la directa relación entre lo sembrado, cultivado y cosechado.
La imposición de agendas perversas, el snobismo, “comparoneria” y calco de ciertas libertades y estilos de vida de sociedades económicamente más desarrolladas crean las condiciones para las adversidades traídas por los pelos que afectan la interacción.
Ignorar, dar la espalda, tener actitud de connivencia o esperar se enderece el árbol que nace torcido, es como tirarle piedra a la luna. El ser humano es capaz de autoevaluarse, sopesar que le favorece y enmendar entuertos. Sin embargo, cuesta arriba se le torna esto a aquellos cuya vida es parasitar.
Esta es la época en que, como sociedad, familia e individuos particulares, más dinero se manejó. ¡Eso es un hecho! También es el tiempo en el cual la soledad y las miserias humanas nos corroen con tanta intensidad que se ha querido sustituir ese gran don de ser humano por el de ser simples consumidores. ¿Que se ha obtenido? Una caterva de seres vacíos cuyo parámetro de medición es el dinero que tienen o sus acciones puedan generar.
Como nunca, el vacío existencial y el sin sentido acompañan proporcionalmente a tanta gente. Se desarraiga perversamente al individuo, la identidad, la cultura, la historia personal y nacional. Los principios y valores, las creencias y las religiones, son instrumentos manipulables, utilizados por gobiernos, políticos, comerciantes de Organizaciones no gubernamentales (ONGs) a conveniencia.
La adopción del neoliberalismo, con todas sus fórmulas, como el reconocimiento de derechos humanos e individuales, el constructivismo y lo que en estos subyace, cultivan el individualismo en detrimento de la familia. Educar se convirtió en un pandemónium. Se impuso el desorden y, en este, es imposible desarrollar el proceso enseñanza-aprendizaje.
Más de un cuarto de siglo de intento de hacer funcional el constructivismo empobrece cada año el nivel educativo. En la familia, pasa lo mismo: los hijos se creen con derechos y nada de deberes. Por esto, el crecimiento del número de jóvenes que no quieren ni trabajar ni estudiar. Les deslumbra la riqueza de la pelota, la delincuencia, el “motoconcho”, ser “chipero”, “dembouseros” y “megadivas”. La debilidad de la escuela es más que evidente. Los padres, la comunidad educativa y los gobiernos lo saben. Critican, pero no hacen nada. Un grupo de instituciones e individuos se ceban de esto.
El mundo está cambiando. La tendencia que ha impuesto el cao, para desde ahí controlarlo todo, lucha por mantenerse única. Por aquí, en las orillas, los sectores controladores del poder, insisten en la imposición de normas y leyes que les benefician. A pesar de la cacareada libertad de información y la saturación de esta, son casi inexistente opiniones que cuestionan el poder factico. Mientras se aprueban leyes, crece el número de familia disfuncionales, la interacción se deteriora y cada cual quiere hacer lo que le viene en gana.
Con premeditación hemos sexualizado la sociedad. A través de los medios de comunicación, ciertas profesiones liberales e inclusive la familia, se hace habitual, supuestamente para prevenir contra depredadores sexuales, violar el natural desarrollo de la niñez. A esta última, a la adolescencia y toda la sociedad se institucionalizó, se les impuso maldades en la cabeza que, si bien se dan, no son generalizada.
La cohesión nacional, esa que pasa por tener una historia común, una identidad que nos distingue, un territorio al cual estamos llamados a defender, la están erosionando. Individuos sin escrúpulos, enquistados en posiciones de poder y toma de decisiones, se apandillan para crear legislaciones lesivas al proyecto duartiano. Estos, siendo supuestamente representantes del pueblo, actúan cual prostitutas cualesquiera.
Es contraproducente que el estandarte de la defensa de los derechos humanos se vuelque contra este mismo. Ya es hora, se hace urgente, ponerle freno al sector ONGs encargado de, con la excusa de su lucha por los derechos, trastocar y pervertir la sociedad. Un mejor país exige sacarle la alfombra a todos esos “avivatos”, vividores de la presión social y la sobreexplotación de la miseria humana.
Por Gerson de la Rosa


