La mejor inversión que puede hacer la familia y la sociedad es en la educación de los hijos y jóvenes generaciones.
El sostenimiento, armonía y avance dependen de esta labor.
Vivimos las consecuencias de la relajación, acomodamiento de la educación no formal, de forma institucional, a intereses desconocidos.
Cosechamos los mismos males de las sociedades que de forma directa e indirecta nos imponen lo peor de sus estilos de interacción y cosmovisión.
¡Es mentira eso de que cada cual, si es adulto, puede hacer con su vida lo que le de la gana!
Lo que sembramos en la niñez y permitimos en la adolescencia determinan el adulto que luego tendremos.
La permisividad con que criamos nuestra niñez hoy es la culpable del descontrol que tenemos sobre la juventud.
Esa actitud de “quererse llevar al mundo por delante” la sembramos los padres en ellos estando chiquitos.
El desamor que expresan por la vida ajena y, muchas veces, por sus progenitores es resultado de esas deficiencias y esa independencia, de la cual tantas personas se regodean exaltando que cultivan con sus hijos.
De allí proceden las mayorías de individuos que de muchas formas ofenden a la sociedad. No es para menos.
¿Que se puede esperar de una persona en cuyos padres solo vieron unos proveedores? Si los modelos que les sirvieron como soportes fueron la calle y el colectivo de los centros educativos por donde pasaron es poco lo que se puede esperar de estos.
Nuestra sociedad hace agua.
Los vape, los motores, la delincuencia, la drogadicción, los celulares y la musica urbana, arropan la vida y la existencia de nuestra juventud.
El pensamiento de buena parte o mayoría de esta se encuentra en hacerse rico, rápido y sin esfuerzo.
Por esto están dispuesto a todo.
Por esto vemos esa proclividad hacia las actividades que con artificialidad mueven gran cantidad de dinero.
Hay se cuentan los “chiperos”, las “megadivas”, aquellos que abren paginas de consumo de adultos, programas de opinión o despotrican, adhesión a banda delincuenciales, el mundo de la música urbana, dedicarse al motoconcho, la ratería o al atraco y otras.
Desde que una criatura nace, casi siempre, sus gritos son instrumentos de pulseo con la madre que determinaran el control sobre su temperamento.
Si descubre que puede enervar y conseguir atención rápida por ahí, establece un patrón de control.
Los padres de ayer, grandes observadores y conocedores de la naturaleza humana, estaban claro de esto y actuaban en consecuencias.
Una mirada, una palabra, una pela correctiva, eran suficiente para recogernos de una palabra fuera de tono, una travesura o una mala acción en el vecindario.
Los padres de hoy contaron con todas esas enseñanzas que nos permitió sobrevivir como nación.
Con frecuencia vemos actitudes deleznables entre madres y chiquitines que, muchas veces, ni siquiera caminan. La rabieta en estos es cosa habitual.
En plena calle, cargados, llenos de ira y gritos a todo pulmón, con los ojos brotados, retorciéndose, muchas veces agreden a sus madres, cuando no, pasa lo contrario.
Con horror vemos como desde los mas cercano se siembra y cultiva palabras, actitudes y acciones en los chiquitines que con el crecimiento de estos luego intentan corregir y se torna muy difícil.
El parcho mal pegado, adoptado de otra cultura, el cual enseña que las malas acciones no tienen consecuencias en las primeras edades y que hay que negociar con la niñez para provocar cambio a actitudes positivas, nos lleva por el desagüe.
Adultos perversos se combinan con niños y adolescentes para cometer barbaridades y si son atrapados no pagar por sus hechos.
Las madres mas irresponsables, aquellos para los cuales sus vástagos son una molestia y carga económica, son extremadamente exigente con los cuidadores de los suyos.
Es común que violen las mentes de sus hijos con ideas perversos con el supuesto de tenerlos preparados o les digan si son agredidos. La inocencia, esa virtud que debe acompañar a todos en los primeros años es violada por la supuesta idea de antecederse a los depredadores. Con esto, inoculan ante de tiempo la maldad.
Ya creciendo, muchos se dan cuenta que pueden usar esta información para manipular y hacer daño. Por ahí anda una teoría, la cual plantea que la niñez no miente.
Esto obedecería a la verdad si se permitiera a esta crecer como tal.
Como en la actualidad nuestra realidad es otra, los pensamientos y acciones de nuestros niños dejan mucho que desear.
Como se nos ha impuesto una forma de ver y evaluar las cosas y existen unos grupos de presión internos para garantizar que así sea, difícilmente nos ajustamos a la realidad que vivimos o hagamos los correctivos para mejorar como sociedad.
Constituye una de las barreras mas difíciles a vencer para criar y educar infantes sanos, superar los impuestos conflictos en el trastrocamiento de los juegos de roles entre la madre y el padre.
Proliferan las discusiones cuando el padre tiene o intente corregir el vástago. Como la madre fue la que lo tuvo nueve meses en su vientre, le niega o prohíbe derechos al padre hasta a señalar malas acciones.
Lo contrario pasa antes las obligaciones de tipo monetario. Ahí las cosas cambian.
El rol del padre no es mas que el de un sustentador económico.
Los hijos observan y aprovechan las rendijas de la discordias de parejas para hacerse las victimas o inclinarse, en el momento, al lado que mas le conviene.
La mayoría de las separaciones, disoluciones y divorcios que afecta a la familia dominicana tiene su origen o base en este desorden.
Entrar a cualquier aula de clase y preguntar a los educandos cuántos de ellos viven con sus dos padres da una señal de como va la sociedad y cuál es el soporte familiar de la educación hogareña.
Hace tiempo este tema debió estar en la palestra.
Aunque nos afecta seriamente lo obviamos ya que su atención no genera dividendo. Siempre sera mas fácil andar por las ramas al tratar la situación educativa.
Sale más cómodo y barato echarle la culpa a la formación de los maestros, el sistema educativo y otras cosas en vez de abordarse la calidad del material humano que llega a las aulas, supuestamente a educarse.
Se espera se saque buenos frutos en un ambiente estéril con insumos precarios, escasa agua y sin verdadera intención de obtener resultados óptimos.
Mas que las palabras, las enseñanzas de los progenitores radica en los ejemplos de las interacciones cotidianas.
Esas maledicencias, discusiones, expresos egoísmos intrafamiliares, hacia el vecino o transeúnte, son interiorizado por los infantes e imberbes.
Tenemos en los hijos los luego elevadores a potencia de nuestras malas acciones de hoy. Ellos son esponjas que van absorbiendo, guardando, evaluando, comparando y juzgando lo que viven.
Con esto, mas lo que ven, exploran y las experiencias forman su conciencia.
Los muchachos de hoy son prácticos. Aunque son capaces de reconocer lo bueno y lo malo, lo que esta bien y lo que esta mal, lo correcto y lo incorrecto, la verdad y la mentira, tienden, por lo general, ceñirse a las conveniencias del lugar o momento o lo perseguido.
La manipulación y las mentiras, pan nuestro de cada día en el seno familiar, son las herramientas por excelencia usadas por las jóvenes generaciones haciéndose las victimas.
Con estas manipulan a padres y profesores y rebotan responsabilidades en otros.
Las buenas costumbres y las normas de cortesía se echaron a un lado.
La televisión, a través de los dibujos animados enseñan que ser groseros en la sociedad de hoy es la norma si se quiere sobrevivir y no quiere que lo cojan de pendejo.
Desapareció el valor centralizador de la ética en la educación hogareña.
Los principios y valores se constituyen en meras ideas a las cuales se recurre solo cuando conviene.


